Por Oswald Spengler
Es bien sabido que todo organismo
tiene su ritmo, su figura, su duración determinada, e igual sucede a todas las
manifestaciones de su vida. Nadie supondrá que un roble centenario se halle
ahora a punto de comenzar su evolución. Nadie creerá que un gusano, al que se
ve crecer todos los días, vaya a seguir creciendo así un par de años más. Todo
el mundo, en tales casos, posee con absoluta certeza el sentimiento de un límite,
que es idéntico al sentimiento de las formas orgánicas. Pero cuando se trata de
la historia de las grandes formas humanas, domina un optimismo ilimitadamente
trivial respecto al futuro. Entonces enmudece toda experiencia histórica y
orgánica y cada cual acierta a descubrir en el presente, cualquiera que sea,
los síntomas o iniciaciones de un magnífico «progreso» lineal, no porque lo
demuestre la ciencia, sino porque así lo desea él. Entonces se cuenta con
posibilidades ilimitadas — nunca con un término natural —, y partiendo de la
situación del momento, se bosqueja una ingenua construcción de lo que ha de
seguir.
Pero «la humanidad» no tiene un
fin, una idea, un plan; como no tiene fin ni plan la especie de las mariposas o
de las orquídeas. «Humanidad» es un concepto zoológico o una palabra vana. Que
desaparezca este fantasma del círculo de problemas referentes a la forma
histórica, y se verán surgir con sorprendente abundancia las verdaderas formas.
Hay aquí una insondable riqueza, profundidad y movilidad de lo viviente, que
hasta ahora ha permanecido oculta bajo una frase vacía, un esquema seco, o unos
«ideales» personales.
En lugar de la monótona imagen de
una historia universal en línea recta, que sólo se mantiene porque cerramos los
ojos ante el número abrumador de los hechos, veo yo el fenómeno de múltiples
culturas poderosas, que florecen con vigor cósmico en el seno de una tierra
madre, a la que cada una de ellas está unida por todo el curso de su
existencia. Cada una de esas culturas imprime a su materia, que es el hombre,
su forma propia; cada una tiene su propia idea,
sus propias pasiones, su propia vida, su
querer, su sentir, su morir propios. Hay aquí colores, luces,
movimientos, que ninguna contemplación intelectual ha descubierto aún. Hay
culturas, pueblos, idiomas verdades, dioses, paisajes, que son jóvenes y florecientes;
otros que son ya viejos y decadentes; como hay robles, tallos, ramas, hojas,
flores, que son viejos y otros que son, jóvenes. Pero no hay «humanidad» vieja.
Cada cultura posee sus propias posibilidades de expresión, que germinan,
maduran, se marchitan y no reviven jamás. Hay muchas plásticas muy diferentes,
muchas pinturas, muchas matemáticas, muchas físicas; cada una de ellas es, en
su profunda esencia, totalmente distinta de las demás; cada una tiene su
duración limitada; cada una está encerrada en sí misma, como cada especie
vegetal tiene sus propias flores y sus propios frutos, su tipo de crecimiento y
de decadencia. Esas culturas, seres vivos de orden superior, crecen en una
sublime ausencia de todo fin y propósito, como flores en el campo. Pertenecen,
cual plantas y animales, a la naturaleza viviente de Goethe, no a la naturaleza
muerta de Newton. Yo veo en la historia universal la imagen de una eterna
formación y deformación, de un maravilloso advenimiento y perecimiento de
formas orgánicas. El historiador de oficio, en cambio, concibe la historia a la
manera de una tenía que, incansablemente, va añadiendo época tras época.
Fragmento de “La Decadencia de Occidente I”
Fragmento de “La Decadencia de Occidente I”
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