sábado, 27 de diciembre de 2014

SOBRE EL PROGRESO Y EL MITO DEL HOMBRE PROMETEICO

Por Santiago González


Uno de los mitos más comunes en la sociedad occidental es precisamente el del hombre prometeico. Aquel que todo lo puede porque todo lo tiene; quien es superior a sus predecesores por la simple cuestión tecnológica o material. La arrogancia e inconsciencia que desprende todo aquel que padece de esta telaraña intelectual, no sólo no tiene límites, sino que, como veremos a continuación, el hombre moderno se ensancha el pecho proclamando sus principios.

No hay que ser ningún intelectual para poner la vista en el actual occidente y darse cuenta de que toda seña de vida espiritual ha muerto en dicha sociedad, y todo aquel baluarte, por mínimo que sea, es eliminado del ocio entre los comunes. Todo rastro de trascendencia occidental, tradición, o energía no-material ha desaparecido. Aquel occidente que un día fue la cuna de grandes artistas y genios de toda índole, ahora desaparece en el olvido, aunque recordado por aquellos que rememoramos su historia con amargura.

Entre muchas, una de las más inciertas creencias de nuestro tiempo es pensar que nuestra historia y nuestra existencia es mejor que la de nuestros antiguos, dado que las capacidades materiales son mayores, ignorando así toda forma de trascendencia espiritual de carácter anti-material. Este “modus vivendi” desarraiga cada vez más al hombre de sus ataduras espirituales hacia su tierra y hacia toda identidad colectiva, y con ello, las costumbres y tradiciones de su pueblo, indiferentemente de cual sea este.

La conexión mística del espíritu del individuo con la tierra que han trabajado y defendido sus ancestros, no se corta fácilmente, pero se trata de un proceso paulatino de manejo de masas, cortando toda relación con la trascendencia y guiando a los individuos hacia lo meramente económico, material y - en el caso del liberalismo democrático -, hacia lo momentáneo.

Los motivos etno-religiosos de los que se valen las élites financieras para este proceso son variados. Existen varios “¿Por qué?”, sin embargo prima la estrategia en la que, el hombre – carente de fe y espíritu tradicional y colectivo, aquel que vive para el momento, que camina vacío entre iguales y sin ningún objetivo más que el propio beneficio – es infinitamente más maleable que el hombre tradicional, con transmisión de estos, cuyo último pensamiento es lo material, pues carece de trascendencia espiritual y no hay lazos místicos que lo aten al consumismo que caracteriza nuestros días, dado que este es síntoma de lo más banal del ser humano y de su aspecto menos trascendente.

Ante la postura moderna y contemplativa del hombre moderno frente a la decadencia de valores del mundo occidental, quienes nos negamos a afrontar el problema de manera lejana, no nos queda más que asumir la postura del guerrero, que lejos de ver como su historia y los muros de su tradición decaen, puede tomar las armas contra la involución espiritual humana y convertirse en un haz de luz, una piedra en el zapato contra el mundo moderno. Esta postura es la llamada ‘’Postura del Kshatriya’’, término extraído de las antiguas castas hindúes, que representa a aquellos quienes representaban la función verdaderamente política.

Si bien concebir el mundo moderno como un enemigo a batir es difícil, aún lo es más concebirlo como algo omnisciente, que consume todo cuanto se propone con facilidad y asegura su existencia sin ninguna clase de perseverancia y con una facilidad sin igual. ¿Cómo combatir pues contra un enemigo que avanza cual enfermedad a tal velocidad? Es una de las más llamativas cuestiones.

Dado que el mundo moderno es un enemigo interior, que asienta sus pilares en la facilidad de corromper las convicciones tradicionales de los individuos a través de una serie de estrategias políticas y sociológicas, el principio de reconocer los principios que sujetan nuestras tradiciones ancestrales como modelos a seguir y como pilares inmutables, que evolucionan y se transmiten de manera natural y prácticamente instintiva, es un punto de partida sólido, y que unido a la voluntad de los hombres sujetos a la tradición puede ser capaz de crear un baluarte espiritual como élite que supere y desarme todo principio hedonista característico del mundo moderno.

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